La fuerza de una tradición que viene de lejos
Hablar de la romería de Nuestra Señora de Setefilla es hablar de una costumbre que se remonta al año 1587. Esa continuidad explica mucho de lo que sucede cada 8 de septiembre, porque la jornada no nace de una moda ni de una recuperación reciente, sino de una práctica que ha ido pasando de generación en generación hasta consolidarse como una de las romerías más antiguas de Andalucía. La antigüedad, en este caso, no funciona como un dato decorativo: ayuda a entender el peso simbólico de la celebración y el vínculo que mantiene con la identidad local.
La patrona de Lora del Río concentra en esta fecha la atención de la Hermandad Mayor, del clero local y de los romeros que se acercan al santuario para acompañarla. Todo se articula alrededor de la imagen de la Virgen, y esa centralidad explica que la jornada combine desplazamiento popular, liturgia y exhibición devocional con una naturalidad muy poco frecuente. En el fondo, la romería conserva algo que muchas celebraciones contemporáneas han perdido: una secuencia ritual clara, reconocible y compartida por quienes participan en ella.
La mañana del 8 de septiembre, momento a momento
A las once de la mañana llega el momento más señalado de la jornada. En ese instante, la Junta de Gobierno de la Hermandad Mayor, junto con el clero local y el predicador de la Novena, se sitúa delante de la imagen de Nuestra Señora para iniciar el canto de las Letanías del Rosario. Después, al levantar las andas con el canto del Sancta María, la celebración alcanza su punto culminante. Es un gesto breve, pero cargado de intensidad, de esos que concentran el sentido entero de una tradición en unos segundos.
Desde ahí comienza la procesión alrededor de la ermita, uno de los momentos más esperados por quienes viven la romería desde dentro. La imagen avanza en torno al santuario y la atención se fija en la liturgia, en el compás del recorrido y en la respuesta emocional de los asistentes. Entre los instantes que más se recuerdan está el cambio de los hombres por las mujeres, una transición que forma parte de la propia dinámica procesional y que añade un matiz muy humano a la secuencia ritual. ¿No es ahí, en esa alternancia de manos y de presencia, donde muchas tradiciones encuentran su continuidad más visible?
La emoción compartida de la procesión y la función principal
Terminada la procesión, la jornada sigue con la Función Principal de Instituto de la Hermandad. Ese paso no actúa como un simple cierre religioso, sino como una prolongación lógica del día, que pasa del movimiento exterior al recogimiento litúrgico. La estructura de la romería está pensada para que cada momento conduzca al siguiente, y por eso el tránsito entre el camino, la procesión y la función principal resulta tan fluido. No hay ruptura, sino una secuencia que va tensando y aflojando la emoción a lo largo de la mañana.
Después de la función, la Virgen queda expuesta en besamanos, un gesto que añade cercanía y refuerza el vínculo directo de los fieles con la imagen. Esa exposición marca una de las facetas más íntimas de la jornada, porque permite un contacto devocional que complementa la procesión y el acto litúrgico. En ese punto, la romería deja ver su doble naturaleza: por un lado, es celebración pública, con caminos, andas y recorrido compartido; por otro, es un acto de veneración personal, pausado y silencioso, que cada asistente vive a su manera.
Una celebración que ordena la memoria local
Más allá de la fecha concreta, la romería de Nuestra Señora de Setefilla funciona como un recordatorio de lo que una comunidad decide preservar en el tiempo. La repetición anual del 8 de septiembre no la convierte en un gesto mecánico, sino en una práctica que renueva el vínculo entre la patrona y la localidad. Cada edición vuelve a unir a quienes participan en los caminos, a quienes esperan en el santuario y a quienes se acercan a la liturgia de la mañana. Esa suma de presencias hace que el día tenga un peso propio dentro del calendario local.
La tradición del pañuelo a la cabeza, el avance por el camino de la Virgen, la llegada de caballerías y carrozas, la presencia de autocares y vehículos particulares, la Letanía del Rosario, el canto del Sancta María, la procesión en torno a la ermita y el besamanos posterior componen un relato muy preciso. No hace falta añadir nada ajeno para entender por qué esta romería sigue teniendo fuerza: su valor está en la continuidad de sus gestos y en la manera en que esos gestos siguen convocando a la gente. En una época de calendarios acelerados, pocas fechas conservan una secuencia tan clara y tan cargada de significado.
El 8 de septiembre, Lora del Río se organiza alrededor de una devoción que lleva siglos dando forma a su memoria religiosa y festiva. La romería no se limita a una cita del día, sino que resume una manera de entender la relación entre el pueblo, su patrona y el camino que los une desde hace generaciones. Y ahí sigue estando buena parte de su interés, en esa combinación de permanencia, participación y rito que mantiene intacta su vigencia.